Hoy quiero que evoquemos juntos una situación:
«Te encuentras en una discoteca. La oscuridad total se rompe únicamente por los fogonazos de las luces estroboscópicas. La música suena fuerte y te gusta el ritmo, pero no bailas; te limitas a mirar a tu alrededor. De repente, en uno de los fogonazos, percibes que un par de ojos están fijos en ti. La poca luz que hay te muestra el cuerpo que sostiene ese par de ojos. Un cuerpo atractivo. Lo paladeas en tu mente. Te has quedado prendido.
Ha sido un flechazo en una discoteca.
Eres un romántico, pero esos ojos y ese cuerpo se han embebido en ti de tal manera que no te importaría pasar con ellos una noche apasionada, un noviazgo de un mes o una relación para toda la vida. Te da igual, porque para ti lo importante es pasar, aunque sea un minuto, acariciando su cuerpo u oliendo el aroma que desprende su piel.»
Esto es lo que me ocurre a mí como escritor. A mí no me preocupa lo que ocurra con mi carrera. Intento no agobiarme por eso. Incluso, dentro de lo posible, intento luchar contra la ansiedad que causan los fracasos como escritor. Disfruto dentro de lo posible.
¿Qué he vendido diez libros? Bien.
¿Qué he vendido cien libros? Estupendo y fantástico.
Esta mentalidad tendríamos que aplicarla en muchos aspectos de nuestras vidas: una nueva amistad, una relación en ciernes, un hobby o hasta invertir en bitcoins a largo plazo. Hay que relativizar.
Por mi experiencia, las cosas salen mejor cuando las enfocamos de esta manera.