Nos trasladamos al año 1997, Sergio, un adolescente con sobrepeso y amante de los videojuegos y la música, tiene que vivir en la hostilidad de un barrio humilde y, a la vez, lucha por superar sus ataques de ansiedad; esto ocurre mientras una amenaza, mortal e inesperada, crece a su alrededor, novela ambientada en los años 90.
Los últimos de la EGB
Una novela ambientada en los años 90 cautivadora, divertida y a la vez perturbadora, en la que se ensalza el significado de la amistad verdadera entre adolescentes de un barrio pobre. Pero sobre todo está llena de añoranza por una época pasada que nunca volverá.
Lo tiene todo: intriga, acción, erotismo, drama, tensión y un final que no te dejará indiferente.
Querido lector, todos nos hemos criado y crecido en algún lugar. Ese sitio donde sentimos
por primera vez el significado de la amistad, del amor o de pertenencia a un grupo. Era
nuestro territorio, podríamos haber desplazado las paredes de nuestro hogar hasta los
extremos que lo delimitaban; no nos hubiera importado. Ese lugar puede ser tu barrio, tu
calle, tu pueblo o el banco frente al instituto. Es por eso por lo que en esta historia que
has decidido recorrer, el barrio de los protagonistas principales no tiene nombre, porque
puede ser tu barrio, tu calle, tu pueblo o el banco frente al instituto.
¿Que vas a encontrar?
Nostalgia
Amistad
Conmovedor
Thriller
Años 90
Violencia
Capítulo 1: Carlos: la mañana
—No puedo —le dije. Sentí cómo una gota de sudor frío se desplazaba por mi mejilla.
—¿Quieres que baje a ver si puedo levantarla? —me preguntó,
evidenciando por su tono de voz lo molesta que estaba.
—Mi amor, creo que no hay nada que hacer —dije a la vez que me quitaba de encima de ella. Al tumbarme de espaldas, sobre las sábanas, respiré profundamente. Espiré pensando en lo único que podía hacer ante aquella situación: resignarme.
—Joder, Carlos, ¿me vas a dejar con el calentón? —elevó la voz.
—¡Lola, habla más bajo, vas a despertar a Sergio! —le exclamé musitando.
—Qué preocupado estás por despertar a Sergio. Como si fuera tu hijo… —me respondió susurrante; luego me soltó un bufido.
—Es mi hijo —le respondí, molesto.
Los siguientes minutos los protagonizó un silencio absoluto.
Me levanté. Estaba demasiado nervioso para seguir tendido en la cama. Subí la persiana con mucho cuidado. Era aún muy temprano y, tal como le había dicho a Lola, no quería despertar a Sergio. La
habitación se iluminó tímidamente por el incipiente amanecer.
Al mirar por la ventana observé los feos edificios de ladrillo visto que componían el barrio. Los bloques de viviendas se habían construido con muy poca distancia entre ellos, con lo cual las calles que
conformaban el barrio eran igual de estrechas. Más que calles, tendría que llamarlas «callejuelas»; y en el centro del barrio, la plazoleta donde vivía. Los pisos no tenían más de cincuenta metros cuadrados.
Unos pisos que habían sido regalados por el franquismo a las pobres gentes que se habían quedado sin techo por la destrucción de la Guerra Civil no podían ser amplios ni lujosos.
Con la sacudida del que se despierta de una pesadilla, la pesadumbre invadió la totalidad de mis pensamientos al sentir el húmedo y flácido miembro entre mis piernas.
—Ya no puedes poner de excusa que es la primera vez que te pasa.
Mi mujer no intentaba hacerme sentir mejor.
—¡¿Qué narices te ocurre, Carlos?! —volvió a elevar la voz.
No debería molestarse tanto. Sé perfectamente que el sexo no es
algo de lo que ella adolezca: va bien servida. Cabría destacar que no es en la alcoba de nuestro dormitorio donde se sirve, y sobre todo habría que destacar, más aún, que no es conmigo.
—Pueden ser las nuevas pastillas o el estrés del trabajo; tiene que ser algo de eso. —Sabía que mi respuesta provocaría un comentario hiriente.
—Tiene que ser el nuevo tratamiento de tu loquero. No creo que llevar la contabilidad de un taller mecánico de barrio sea lo más estresante del mundo, ¿o acaso el facturar albaranes te hace perder la virilidad?
De mi mujer rezumaba maldad en forma de palabras. Me imaginaba emanando de ella a borbotones un líquido oscuro y untuoso que me salpicaba y empapaba todo mi ser, atravesándome las ropas y la piel. Una parte de ese líquido me calaba hasta los huesos; el resto avanzaba por mi cuerpo embadurnándolo todo, aprisionándome el pecho hasta casi dejarme sin aliento.
Por extraño que parezca no era dolor lo que sentía, sino un inmenso sentimiento de insignificancia que recorría todo mi ser, como el surco acuoso que deja el caracol al arrastrase. En ese preciso instante no me cabía la menor duda de que era la persona más pequeña que existía en la faz de la tierra.
Mi cabeza comenzó a buscar con rapidez algún argumento para conseguir mantener mi autoestima en pie, aunque fuera de forma precaria. Pero, por más que buscaba, no encontraba nada. Quizá porque no había nada que encontrar.
Lola se levantó. La luz del amanecer perfiló su cuerpo generando multitud de sombras a su alrededor. Los morenos rizos de su pelo cayeron juguetones sobre sus hombros. La observé con detenimiento.
Aún transmitía el atractivo físico de hacía años, pero de forma ineludible se hacía patente la etapa de la vida en la que se encontraba, esa fase donde todo se mantenía en su sitio a base de dieta y ejercicio. La madurez se abría paso de manera inexorable. Ella lo sabía, y esa era una de las dos cosas que más atormentaban a mi mujer: saber que se estaba haciendo mayor. La otra, la soledad.
—Si queremos tener un hijo, es necesario que se te ponga dura —me dijo dándome las espaldas mientras se ponía una bata para ocultar su desnudez—. También sería interesante que ese jefe que tienes te subiera el sueldo, todavía tengo que pagar la cuota del mes pasado de las clases de aeróbic. —Me clavó sus verdes ojos—. Estoy cansada de ir siempre ahogada.
—Mi amor, quizá deberías dejar el aeróbic, tenemos que priorizar gastos —respondí bajando la cabeza. Me arrepentí inmediatamente de lo que acababa de decir.
—Quizá deberías dejar de ir al loquero —me contestó, ceñuda.
—No puedes comparar —«el Orfidal», pensé—: voy al psiquiatra por mi depresión, necesito ayuda médica…
—Poco está haciendo por ti —me interrumpió—: ni siquiera eres capaz de empalmarte y cumplir como un hombre. —Calló abruptamente. Un gesto de compasión asomó vagamente en su rostro, pero de inmediato lo borró para dar paso a la expresión hosca que solía tener conmigo—. Deberías exigirle que te devuelva el dinero. —Dio un giro brusco y volvió a darme las espaldas.
Me sentía destrozado. ¿Cómo tenía que reaccionar ante esta falta
de respeto? «Lo mejor será no discutir», razoné, afligido.
Volví a mirar a través de la ventana. La luz del amanecer ya emergía con fuerza, sería un día caluroso.
—¿Cuándo te dan los resultados? —me preguntó mirándome de reojo.
—Estoy a la espera, no pueden tardar mucho más —respondí. La conciencia me arañó en el pecho.
Me vestí con rapidez: un pantalón corto y una camiseta de algodón blanca con el logotipo bien grande de Pryca en el pecho. La camiseta estaba a estrenar; me la habían regalado en el hipermercado la semana anterior, un detalle pequeño por su parte teniendo en cuenta que me había gastado más de diez mil pesetas aquel día.
Mientras me enfundaba las zapatillas, Lola me miraba con los brazos colocados en jarra.
—¿Piensas ir a trabajar con esa ropa? —me preguntó.
—Claro que no. Me voy a correr a la calle, lo necesito —respondí a la vez que me ataba los cordones de las zapatillas.
Lola soltó una pequeña pero maléfica carcajada.
—Tú te vas a correr a la calle, y yo ahora lo voy a hacer en el baño —me dijo marchándose de la habitación. La bata que vestía ondeaba de un lado a otro de forma hipnótica.