La actitud de los demás no me detuvo. Conoce mi historia de superación y descubre cómo logré alcanzar mis metas.

Yo, de niño, no destacaba en ninguna área en particular: era un estudiante regulero, un deportista mediocre, y tampoco es que fuera muy popular, que digamos. No era el típico niño que sobresale por ser especialmente bueno en algo; simplemente, pasaba desapercibido. Era uno más del montón, alguien que nunca llamaba mucho la atención ni por su inteligencia, ni por su destreza física, ni por su capacidad para hacer amigos con facilidad. Sin embargo, ya de adulto, sí he conseguido alcanzar el éxito en ciertas facetas de mi vida. A base de esfuerzo, constancia y dedicación, he logrado cosas que, de niño, quizás ni me habría imaginado. Y lo más curioso es que esto me ha permitido observar algo que quizás no hubiera notado de no haber llegado a donde estoy: la actitud de algunas personas cercanas frente, por un lado, al proceso de construcción del éxito, y, por otro, frente a la consecución del mismo.

Esta actitud, en muchos casos, ha sido reveladora, y tristemente, se ha basado en un comportamiento cínico e hipócrita. Es como si estas personas no pudieran concebir que alguien como yo, pudiera aspirar a lograr algo significativo en la vida. Me decían cosas como: «¿Adónde vas tú a montar una empresa que funcione?» o «¿Qué es lo que escribes tú? ¿No te estás flipando un poco con eso de ser escritor?». Estas preguntas estaban siempre cargadas de ese tono socarrón, de esa burla disfrazada de «buenos deseos» o «preocupación» que tanto detesto. No podían ocultar su escepticismo y, en muchos casos, su falta de apoyo.

Lo interesante es que, una vez conseguido el éxito, estas mismas personas cambiaron la ironía por perplejidad. Ya no me miraban con ese tono burlón, sino con una especie de asombro incómodo, como si no pudieran comprender cómo alguien como yo había logrado llegar hasta ahí. Al conversar con ellos sobre mis proyectos e iniciativas, notaba cómo se ponían incluso incómodos. Me veían como un «intruso» en el éxito, alguien que, según ellos, no tenía derecho a destacar ni a realizar proyectos significativos. «Tú no tienes derecho a tener éxito; si tú eras un pringado», parecían decirme con su actitud. «¿Cómo se te ocurre tener éxito con tu empresa? ¿Cómo se te ocurre escribir un libro y publicarlo?».

Por eso, mi consejo para todos los que estéis trabajando en un proyecto, soñando con alcanzar una meta importante o que hayáis conseguido el objetivo que os habéis marcado y, además, os encontréis con esta actitud socarrona y tóxica de personas cercanas, es este:

Brilla, lucha por brillar, y, si lo consigues, brilla aún más. Porque la luz que desprende ese brillo les va a hacer daño en los ojos.

No dejes que las inseguridades y la amargura de otros te apaguen. Esa luz también tiene que recordarte toso lo que estás trabajando y has trabajado y lo lejos que puedes llegar o has llegado. Que no te afecten las dudas y comentarios negativos que los demás lanzaron en tu camino.