¿Cómo animar a la lectura a alguien que no lee?
Es una pregunta compleja, porque en muchos casos, la aversión por los libros puede estar alimentada por una falta de experiencia o una conexión genuina con lo que la lectura puede ofrecer. Y es que leer no solo es una actividad intelectual, sino una puerta hacia otros mundos, otras realidades y otras formas de ver la vida. Pero ¿cómo transmitir esto a quienes nunca han logrado disfrutar de un buen libro? Tal vez, todo comienza con pequeños gestos, con momentos que nos recuerdan lo valioso de la experiencia de sumergirse en una historia escrita.
¿Cómo explicarle a alguien que no le gusta la lectura todo lo que se está perdiendo?
Todas las mañanas me levanto media hora antes que el resto de mi familia. Es la única manera que tengo —y que tendrán muchos— de poder tomar el café y revisar las noticias tranquilamente, sin el ruido y las prisas del día. Me gusta ese momento de paz antes de que todo el mundo se despierte, cuando aún tengo un poco de tiempo solo para mí, para organizar mis pensamientos.
Justo esta misma mañana, mientras saboreaba un solo bien largo y leía las frivolidades que ocurrían en el mundo, se me cruzaron los cables y, sin saber aún por qué, levanté la cabeza. Enfrente, tengo una ventana que da al sureste de la costa almeriense. Desde allí, se puede ver el mar, las montañas a lo lejos y, sobre todo, el cielo, que en ese momento empezaba a mostrar sus colores en el amanecer.
Al levantar la cabeza del móvil, observé el amanecer en todo su esplendor.
Fue una de esas mañanas en las que el sol parece dibujar una paleta de colores intensos, donde el naranja, el rosa y el azul se mezclan en una danza única y efímera. Me quedé asombrado por la belleza de la escena y me pregunté, de manera casi automática:
¿Qué narices haces, Jose Antonio, mirando al móvil cuando delante de tus morros está este espectáculo tan precioso?
Esa escena en el amanecer, tan sencilla y tan impresionante a la vez, me pareció una metáfora perfecta de lo que le ocurre a quienes no leen. Al igual que me distraje en ese momento con las noticias, muchas personas están distraídas con el ruido del mundo digital y las preocupaciones cotidianas, sin darse cuenta de todo lo que se pierden al no abrir un libro. La lectura tiene el poder de transportarnos, de hacernos detener y admirar algo mucho más profundo que lo que nos ofrecen las distracciones diarias. Los libros tienen la capacidad de mostrarnos mundos desconocidos, pensamientos complejos y emociones que de otro modo jamás experimentaríamos.
Pensé, entonces, que esto que me había ocurrido esta mañana podría ser un buen argumento para intentar animar a aquellos que no disfrutan de la lectura. Si bien es cierto que la lectura no es algo que todos disfruten de la misma forma ni con la misma intensidad, creo que debemos ayudar a las personas de nuestro entorno a descubrir las maravillas que pueden encontrar en los libros. Hay algo mágico en la capacidad de un buen autor para crear un mundo con palabras, algo que puede llegar a ser tan fascinante como cualquier amanecer en una mañana tranquila.
¿Qué os parece el argumento para ver si animamos a la lectura a las personas de nuestro entorno que no terminan de pillarle el punto? Quizá no sea algo inmediato, pero si logramos que un amigo o un ser querido se adentre en un libro que realmente le guste, estamos abriéndole una puerta a un mundo lleno de posibilidades.