Recientemente, he recibido un mensaje de una lectora de mi novela Los últimos de la EGB, con la intención de comentarla un poco y de responderle una serie de preguntas.

Mi sorpresa fue mayúscula al recibir el mensaje, ya que la lectora me indicaba que la novela le había encantado, incluso había superado sus expectativas, pero que, antes de hablar conmigo sobre la historia de una manera más profunda, «quería reposar la novela».

Después de leer, necesitaba reflexionar sobre el manuscrito para digerirlo mejor.

Este mensaje me dio que pensar: ¿reposar un contenido no es algo propio de la lectura?

La tele o el cine también pueden hacerte reflexionar sobre lo que te cuentan, pero sopesar sobre la marcha, es decir, después de que ocurra algo, es más difícil en ese medio, ya que, de manera inmediata, te siguen metiendo en vena imágenes, músicas, sonidos… Con lo cual, el espectador tiene una mayor dificultad para reflexionar y considerar un diálogo, una escena o lo que sea.

En la televisión y en el cine te lo dan todo mascado, y eso provoca que pensemos menos.

Este tipo de cavilaciones son las que a mí me hacen pensar que la literatura es algo fantástico. Al leer, tenemos que crear todo nosotros en nuestra cabeza. Nos permite parar en un momento determinado y analizar una descripción, un diálogo o un capítulo. Pero, sobre todo, al acabar un libro, esa historia rebota en nuestra mente de una manera tan propia y especial que consigue que podamos reflexionar sobre ella de una manera incomparable con respecto a otros medios.