No estoy igual de gordo que cuando tenía doce años. Pero es cierto que el sobrepeso siempre me ha preocupado, incluso estando delgado. Al reflexionar sobre ello, he llegado a la conclusión de que lo que nos marca en la adolescencia se queda grabado a fuego. Nuestro cerebro en la infancia y en la adolescencia tiene tal plasticidad que los traumas y emociones que sufrimos en esos años nos atenazan durante el resto de nuestras vidas.
Volviendo a mi caso, he detectado cómo este hecho —los traumas adolescentes— ha influido en mis personajes literarios. En la historia corta que regalo al suscribirte a mi newsletter, El amo de casa, las decisiones del protagonista se sustentan en emociones muy fuertes de su infancia y adolescencia. De la misma manera, en mi novela Los últimos de la EGB ocurre lo mismo con uno de los protagonistas principales.