Me acabo de terminar el sexto libro de la saga de Harry Potter —a mis 39 añazos y muy contento, por cierto—. El caso es que me ha llamado poderosamente la atención un rasgo de la personalidad de nuestro protagonista. Harry Potter es un fuera de serie: gran jugador de quidditch, el mejor en Defensa Contra las Artes Oscuras, íntegro, leal, valiente y un montón de cosas más. Sin embargo, hay algo que se le da fatal: la Oclumancia y la Legeremancia. Os pongo en contexto:
En el quinto libro —La Orden del Fénix—, Dumbledore insta a Harry a recibir clases particulares con el profesor Snape de Oclumancia y Legeremancia. Estas artes mágicas consisten en meterse en la cabeza de otros —Legeremancia— o evitar que otros se metan en la tuya —Oclumancia—. Dumbledore quiere evitar que Voldemort se introduzca en la mente de Harry.
«Pero ¿qué tiene que ver este rollo con que tengamos que ser como Harry Potter, José?», te preguntarás.
Porque Harry Potter, pese a ser un paquete en estas artes mágicas, no va por las esquinas llorando y autocompadeciéndose. Él tiene un objetivo muy claro: acabar con Voldemort, y lo llevará a cabo con las herramientas de las que disponga. Centra sus energías en cumplir con el objetivo, no en lo que se le da mal.
Tenemos que ser como Harry Potter, fijar nuestra atención en lo que queremos conseguir y luchar para alcanzarlo sin lamentarnos de nuestras habilidades. Tira pa’lante con lo que tengas y no te compadezcas más.