Esta semana vamos a abrir un melón.
Vamos a hablar sobre como se aborda el acoso escolar ahora con respecto a los 90s.
En los años noventa, el bullying o acoso escolar en colegios e institutos era, principalmente, cosa de los chavales. Esto provocaba que se vivieran situaciones muy dramáticas para los jóvenes que sufrían este acoso —yo me incluyo—, ya que estábamos solos ante el peligro. No había protocolos claros, ni campañas de concienciación, ni recursos suficientes para abordar el problema. A mí, y estoy seguro de que a muchos de mis coetáneos, nunca se me habría ocurrido acudir a un profesor y mucho menos a mis padres para explicarles mi situación. Esto no solo se debía a la vergüenza o al miedo a que las cosas empeoraran, sino también porque sabía que mi experiencia no sería valorada como realmente grave. La respuesta solía ser el típico: «son cosas de niños».
En los 90s la respuesta de los adultos solía ser: «Son cosas de niños»
A nivel personal, no los culpo, ya que debemos mirar estas situaciones con las gafas de la época. Eran los noventa, una etapa en la que el acoso escolar no se percibía como el problema estructural que conocemos hoy. No existía el conocimiento ni la sensibilidad social que tenemos ahora, y las dinámicas escolares eran vistas como meros «ritos de paso». Lo que entonces parecía normal, hoy resulta inaceptable. Sin embargo, esa normalización de la violencia cotidiana tuvo un impacto profundo en quienes la sufrimos: miedo, inseguridades y, en algunos casos, consecuencias emocionales de largo alcance.
En los 90s el bullying era un asunto de los chavales, hoy en día es gestionado por adultos
Ahora bien, si miramos cómo se aborda el acoso escolar en la actualidad, podemos notar un cambio significativo. Hoy, el bullying ha pasado de ser un tema exclusivo de los chavales a convertirse en una responsabilidad directa de los adultos. Profesores, padres y administradores escolares están mucho más involucrados, y los casos de acoso, en teoría, se identifican y gestionan con mayor rapidez. En cuanto un adulto percibe el mínimo síntoma de acoso, interviene. Esto, en principio, está muy bien. No podemos negar que la protección inmediata de los jóvenes ante situaciones de abuso es algo necesario y positivo sobre el acoso escolar.
Sin embargo, hay un aspecto que merece una reflexión más profunda. En este enfoque tan intervencionista, corremos el riesgo de eliminar la oportunidad de que el joven, por iniciativa propia, se defienda y desarrolle habilidades para resolver conflictos. Al intervenir rápidamente, el adulto ofrece una solución externa y, en cierto modo, le priva de la posibilidad de aprender a enfrentarse al problema por sus propios medios. Vivir implica enfrentarse a retos, y nuestros jóvenes necesitan adquirir herramientas para navegar por una vida que, a menudo, es como una jungla: llena de desafíos y decisiones complicadas sobre el acoso escolar.
En la actualidad, si los adultos detectan el más mínimo síntoma de acoso intervienen , eliminando la oportunidad de que el joven, por iniciativa propia, se defienda y desarrolle habilidades de resolución de conflictos
Sé que es un tema controvertido, pero creo que merece la pena plantear esta perspectiva. ¿Estamos sobreprotegiendo a los jóvenes hasta el punto de privarlos de su capacidad para gestionar conflictos sobre el acoso escolar?
¿Vosotros qué opináis? ¿Es mejor el enfoque de los noventa, con sus carencias pero que daba espacio para la autonomía, o el actual, que prioriza la intervención y la seguridad?