Tengo un problema con mi libro Los últimos de la EGB: es una novela juvenil para cuarentones. Suena extraño, ¿verdad? Pero déjame explicarte. Trata sobre Millenials y adolescentes en un mundo que está constantemente cambiando.
Imaginaos a un adolescente geek de los años noventa. Sí, uno de esos chicos que devoraban cómics como si fueran pan caliente, que esperaban con ansias el estreno de cada capítulo de su serie favorita en la televisión, porque no había streaming ni repeticiones bajo demanda. Un chico que pasa las tardes en los recreativos, gastando sus pocas monedas en videojuegos que hoy serían considerados piezas de museo. Un amante incondicional de las magdalenas mojadas en Colacao, su merienda infalible, y un soñador que encuentra refugio en universos de fantasía. Pero también, un chico que sufre bullying en el colegio, que es señalado por no encajar, por ser diferente. Y como si eso no fuera suficiente, carga con todos los problemas que implica vivir en un barrio bajo, donde las opciones parecen limitarse y los sueños se ven empañados por la realidad. Esta historia trata de Millenials y adolescentes.
Ahora, imaginaos también un hombre que lleva consigo las cicatrices de aquellos años, tanto las visibles como las invisibles. Un adulto que arrastra consigo serios problemas mentales, la carga de decisiones equivocadas y el peso de una economía precaria que lo deja al borde del abismo. Su vida parece un cúmulo de frustraciones, de sueños que nunca se cumplieron, de una constante batalla interna que lo empuja a cruzar límites inimaginables.
Pero, José, ¿cuál es el problema? Te lo digo:
¿Cómo categorizo una novela para adolescentes de cuarenta tacos? ¿Cómo encajo esta historia, que no es del todo juvenil ni completamente adulta, en un mercado que insiste en clasificarlo todo? Porque esta historia no sigue las normas.
Mezcla de géneros, un viaje a dos tiempos: el de la nostalgia de los años noventa y el crudo presente de la adultez.
Una carta de amor a la adolescencia que tuvimos y, al mismo tiempo, un reflejo de las consecuencias de crecer en un mundo que no siempre fue amable.
Un reflejo de Millenials y adultos adolescentes.
¿Interesa esta mezcla de géneros? Esa es la pregunta que me persigue mientras escribo estas líneas. Porque esta novela no es solo un relato; es una invitación.
Querido lector que me sigues:
¿Estás dispuesto a subirte a un autobús que te lleve al año 1997? Uno de esos autobuses escolares, con los asientos gastados y las ventanas empañadas. Un viaje en el tiempo que te hará rememorar cómo vivíamos los adolescentes de aquella época, con nuestras inseguridades, nuestros pequeños refugios y nuestras grandes batallas. ¿Te atreves a recordar las canciones que sonaban en la radio, los tamagotchis que cuidábamos como si fueran de verdad, y ese primer amor que te hacía sentir mariposas en el estómago?
Pero no te equivoques: este no es solo un paseo nostálgico. También es un espejo que te mostrará en qué nos hemos convertido y cómo el pasado sigue influyendo en nuestro presente. Millenials y adolescentes viven las consecuencias de aquellos años.
Así que dime, ¿te subes al autobús?